ENFERMEDAD
DE ALZHEIMER Y ANSIEDAD
AUTORES:
Javier Merino Aguado
CORRESPONDENCIA:
Dr. Javier Merino Aguado
Centro de Salud Mental de Santa Coloma de Farners
C/ Delme nº 9
Santa Coloma de Farners (GIRONA)
E-MAIL:javiermerino@intersep.org
RESUMEN:
Aunque la mayoría de los estudios
llevados a cabo a nivel ambulatorio detectan una menor prevalencia
de trastornos de ansiedad (TA) en la población geriátrica que en el
adulto joven, existe cierta discrepancia respecto a la verdadera prevalencia
de los mismos, ya que en el anciano pueden presentarse de forma diferente
-principalmente en forma de somatizaciones-. Las fobias y la ansiedad
generalizada son los TA más frecuentes en el anciano. La ansiedad
se puede manifestar con síntomas cognitivo-emocionales, conductuales
o somáticos. El hecho de que el paciente afecto de la enfermedad de
Alzheimer (EA) sufra un progresivo deterioro cognitivo hace que se
cuestione el que dichos pacientes puedan sufrir trastornos de ansiedad
fuera de los primeros estadios. Sin embargo, autores como Cohen creen
que se sobrevalora el componente cognitivo y se infravalora el componente
conductual y somático de la ansiedad, pensando que la frecuencia y
situaciones en las cuales se pueden presentar TA en la Enfermedad
de Alzheimer es mucho mayor de la que hasta fechas recientes se pensaba.
El tratamiento de los TA en individuos afectos de demencia senil exige
un enfoque integral e individualizado.. Los neurolépticos o benzodiazepinas
a utilizar han de seleccionarse de forma cuidadosa teniendo en cuenta
aspectos farmacocinéticos y farmacodinámicos, evitando los fármacos
con marcados efectos anticolinérgicos o arritmógenos e intentando
evitar la aparición de efectos secundarios extrapiramidales. Con frecuencia,
se infravaloran ciertas medidas no farmacológicas que contribuyen
al bienestar y mejoría de estos pacientes.
ÍNDICE:
- Introducción
- Epidemiología
- Bases Biológicas
de los Trastornos de Ansiedad
- Consideraciones Sobre
la Ansiedad en el Anciano
- Ansiedad en la Enfermedad
de Alzheimer
- Abordaje Terapéutico de Ansiedad
en Edades Tardías
- Bibliografía
- INTRODUCCIÓN
La ansiedad es un estado
emocional subjetivo que se caracteriza por aprensión y síntomas
objetivos de hiperactividad del sistema nervioso autónomo. La ansiedad
es debida a una hiperactividad de la función noradrenérgica, relacionada
con una amenaza potencial, real o imaginada de peligro, a nuestra
integridad física o psíquica; como una reacción de adaptación y
de hiperalerta que se va a manifestar en forma de síntomas físicos
y psíquicos.
La ansiedad se puede manifestar
con síntomas cognitivo-emocionales, conductuales o somáticos: angustia,
temores, preocupación, inseguridad; inquietud, distraibilidad; tensión
motora, hiperactividad autonómica, digestiva, cardiocirculatoria,
respiratoria...
En el DSM-IV (Diagnostic and Statistical
Manual of Mental Disorders, 4ª edición), se diferencian varios trastornos
de ansiedad con sus síntomas correspondientes (tabla I).
TABLA I: TRASTORNOS DE ANSIEDAD
INCLUIDOS EN EL DSM-IV
- Trastorno por ataques de pánico o crisis
de angustia(con o sin agorafobia)
- Agorafobia (sin historia de crisis de angustia).
- Fobia social.
- Fobias específicas.
- Trastorno obsesivo-compulsivo.
- Trastorno por estrés postraumático.
- Trastorno agudo por estrés.
- Trastorno de ansiedad generalizada
- Trastorno de ansiedad debido a enfermedad
médica.
- Trastorno de ansiedad inducido por sustancias.
|
La ansiedad es un síntoma
frecuente en el anciano y también en aquellos que padecen la enfermedad
de Alzheimer. Hasta la fecha, ha merecido poca atención y en algunos
estudios epidemiológicos en poblaciones clínicas, el número de trastornos
de ansiedad en los ancianos parece más bajo que el que aparece en
poblaciones no seniles. Sin embargo, es probable que esta frecuencia
sea aún mayor y que estos trastornos no sean identificados por presentarse
en forma de somatizaciones o por no hacerse demandas directamente
relacionadas con ellos. Erróneamente, hay quien considera que la
ansiedad es un componente natural de la vejez. Por lo que se refiere
a la presencia de trastornos de ansiedad en la enfermedad de Alzheimer
la discusión ha sido aún menor y dado el deterioro cognitivo que
sufren estos pacientes, muchos autores discuten la existencia de
dichos trastornos fuera del estadio inicial de la enfermedad, cuando
aún el paciente puede percibir los cambios que sufre.
Es importante tener en cuenta la
presencia de los trastornos de ansiedad en estas poblaciones, ya
que disminuyen de forma notable su calidad de vida, empeora sus
rendimientos, agrava los cuadros depresivos e incrementa el riesgo
de suicidio y el uso desproporcionado de los servicios médicos (1).
2-. EPIDEMIOLOGÍA
En los países occidentales
la esperanza de vida es cada vez mayor y ello conlleva que la población
anciana esté creciendo de forma considerable. Dado que los recursos
sanitarios son limitados, es necesario tener una información precisa
sobre los distintos trastornos, entre ellos los psiquiátricos, que
presenta este grupo poblacional. Hasta la fecha, los trastornos
de ansiedad en el anciano han recibido menos atención que otros
trastornos psiquiátricos como la depresión. Diversos factores relacionados
con el envejecimiento, como el aislamiento social, el descenso de
la autonomía, las dificultades económicas, el declive en el estado
de salud o la proximidad de la muerte nos harían prever un incremento
en los trastornos de ansiedad en estos pacientes. Sin embargo, los
trastornos de ansiedad suponen únicamente una fracción mínima de
los ingresos psiquiátricos hospitalarios de este grupo poblacional
y los estudios a nivel ambulatorio detectan una menor prevalencia
de estos trastornos que en la población menor de 65 años. Con frecuencia,
se hace hincapié en el hecho de que los pacientes ancianos no suelen
presentarse en los distintos dispositivos de salud por un problema
de ansiedad y, por otra, que dado que con frecuencia manifiestan
la ansiedad en forma de somatizaciones, en ocasiones dichos trastornos
de ansiedad no son reconocidos por el personal sanitario.
En general, se reconoce que los
estudios epidemiológicos llevados a cabo con muestras seleccionadas
a nivel comunitario nos aportan datos más precisos respecto a la
extensión de los trastornos de ansiedad en el anciano. Durante los
últimos años de la década de los 70 se realizó en 5 universidades
de los Estados Unidos un estudio para valorar la incidencia y prevalencia
de los distintos trastornos psiquiátricos en unos 20.000 habitantes
residentes en las áreas correspondientes a dichas universidades
e incluyendo pacientes institucionalizados. Utilizaron una entrevista
estructurada, la DIS (Diagnostic Interview Schedule) que sigue los
criterios del DSM-III (Diagnostic and Statistical Manual of Mental
Disorders, 3ª edición). Dicho estudio es conocido como estudio (NIMH)
ECA (National Institute of Mental Health Epidemiologic Catchment
Area ). En el estudio ECA (tabla II), la prevalencia de trastornos
de ansiedad en personas mayores de 65 años fue del 5,5%. Con mucho
el diagnóstico más frecuente fue el de fobia (4,8%). En general,
la prevalencia de trastornos de ansiedad en el anciano fue menor
que la del resto de la población. En pocos casos los trastornos
de ansiedad comenzaron después que la persona cumpliese los 65 años.
La prevalencia del trastorno por ataques de pánico en los ancianos
era muy baja (0,1%) y la prevalencia durante un año del trastorno
por ansiedad generalizada estaba entre el 1-2.2%.. En general, las
mujeres padecían más trastornos de ansiedad que los varones (2).
Flint y colaboradores publicaron
en 1994 un artículo de revisión sobre todos los estudios epidemiológicos
realizados desde 1970 e incluidos en el boletín bibliográfico Index
Medicus. Identificaron 8 estudios comunitarios en los cuales se
estudiaban los trastornos de ansiedad en personas mayores de 60
años. La mayoría de estudios mostró que los trastornos de ansiedad
son menos frecuentes en los ancianos que en adultos más jóvenes.
Las fobias y el trastorno de ansiedad generalizada son los trastornos
de ansiedad más frecuentes en edades avanzadas; los trastornos de
pánico son raros (especialmente su debut en la 3ª edad). La agorafobia
y el trastorno obsesivo-compulsivo (especialmente en las mujeres)
pueden debutar en estas edades tardías, mientras que las fobias
simples, los ataques de pánico y el trastorno obsesivo-compulsivo
en los varones suelen haber debutado en la juventud o ser consecuencia
de otros trastornos médicos o psiquiátricos. Hay una considerable
comorbilidad entre las depresiones mayores y la ansiedad generalizada
y las fobias en la tercera edad. Muchas de estas depresiones son
interpretadas como estados de ansiedad y son inadecuadamente tratadas
únicamente con benzodiazepinas (3).
Tabla II: Prevalencias en tanto
por ciento mensuales correspondientes al estudio ECA
| |
Adultos mayores de 18 años
|
Población mayor de 65 años
|
|
Trastornos
|
Hombres
|
Mujeres
|
Ambos
|
Hombres
|
Mujeres
|
Ambos
|
|
T. de ansiedad
(en conjunto)
|
4,7
|
9,
|
7,3
|
3,6
|
6,8
|
5,5
|
|
Fobias
|
3,8
|
8,4
|
6,2
|
2,9
|
6,1
|
4,8
|
|
A. Pánico
|
0,3
|
0,7
|
9,5
|
0,0
|
0,2
|
0,1
|
|
T. Obsesivo
|
1,1
|
1,5
|
1,3
|
0,7
|
0,9
|
0,8
|
3.- BASES BIOLÓGICAS DE LOS TRASTORNOS
DE ANSIEDAD
Se han propuesto numerosas teorías,
tanto psicológicas como biológicas, para explicar la etiopatogenia
de los trastornos de ansiedad de una forma simplificada. En algunos
de estos trastornos (especialmente en los ataques de pánico y en
el trastorno obsesivo-compulsivo) las implicaciones genéticas y
biológicas parecen más evidentes.
Muchos autores consideran que fisiopatológicamente,
el trastorno de ansiedad generalizada (TAG) sería una "forma
minor" del trastorno por crisis de angustia o ataques de pánico
(AP). Existen datos que sugieren la implicación de múltiples sistemas
de neurotransmisión interconectados en dichos trastornos:
- Alteraciones serotoninérgicas.- Kuhn y Van Praag
han relacionado los trastornos de ansiedad con una hipersensibilidad
de los receptores serotoninérgicos postsinápticos como mecanismo
compensatorio a la disminución de la serotonina habitual. En estos
sujetos diversos estímulos, fisiológicos en individuos normales,
provocarían crisis de angustia o síntomas de ansiedad. Todo se complica
ante la existencia de una gran variedad de receptores con acciones
y mecanismos diferentes. En los ancianos y especialmente en los
pacientes con la enfermedad de Alzheimer se ha observado un incremento
de la sensibilidad a un agonista serotoninérgico, el m-CPP (m-clorofenilpiperazina)
provocándoles angustia e inquietud. Se ha hipotetizado que los pacientes
con enfermedad de Alzheimer padecen una disminución de la inhibición
de los receptores de serotonina 5-HT1 como consecuencia del daño
en las neuronas colinérgicas, las cuales son inhibidoras de dichos
receptores (4).
- Alteraciones gabaérgicas.- Los estudios realizados
con Beta-carbolinas sugieren que éstas pueden actuar como agonistas
y como antagonistas del receptor benzodiazepínico W1 del complejo
del GABA y, por tanto, ser ansiolíticas o ansiogénas. Pues bien,
se ha pensado que en el organismo se podrían producir sustancias
similares a las Beta-carbolinas que bloquearían al receptor benzodiazepínico
y provocarían así ansiedad. Se ha sugerido que los pacientes con
enfermedad de Alzheimer padecen un descenso del número de receptores
benzodiazepínicos y que los mismos están hipersensibilizados, lo
que podría estar relacionado con los trastornos de ansiedad de dichos
pacientes y con su sensibilidad a las benzodiazepinas (5).
- Disregulaciones del sistema opioide, dopaminérgico...
- Alteraciones noradrenérgicas centrales..- La hiperexcitación
del Locus Coeruleus (principal núcleo noradrenérgico encefálico)
parece fundamental, la vía final común, en los trastornos por crisis
de angustia y en la ansiedad generalizada. A pesar de que en las
autopsias se ha observado un descenso de las concentraciones cerebrales
de noradrenalina y de dopamina en pacientes con la enfermedad de
Alzheimer, lo cual podría explicar el hecho de que los trastornos
de ansiedad en dicha población sean menos frecuentes como sugieren
los estudios epidemiológicos; sin embargo, en estudios en vivo,
las concentraciones de dichos neurotransmisores y sus metabolitos
eran normales.(6)
Sea cual sea la alteración originaria
de base que provoca los síntomas de ansiedad, lo que si parece confirmado
es que los síntomas de ansiedad son la expresión final de una hiperactividad
basal del Locus Coeruleus (LC). Este núcleo recibe información aferente
interna y externa (vegetativa y sensorial). El LC envía eferencias
a la amígdala, hipocampo, tálamo, cerebelo y al neocórtex prefrontal.
Todo este conjunto de aferencias
y eferencias constituye el sistema de alarma y vigilancia del cerebro,
a través del cual el ser humano es capaz de recibir información
continua sobre posibles peligros del medio ambiente y del propio
organismo. Así, el LC es activado por estímulos internos como el
dolor, la hipercapnia, los cambios bruscos en la temperatura corporal,
la distensión visceral (colon, vejiga, estómago...). También el
estrés y las amenazas exteriores lo estimulan.
Muchos autores piensan que los pacientes
muy ansiosos presentan una hiperexcitación basal del LC, que incluso
podría estar condicionada genéticamente, lo cual determinaría un
tono simpático aumentado y una mayor sensibilidad del sistema nervioso
vegetativo ante cualquier estímulo. Muchos fármacos -y los ancianos
están con frecuencia polimedicados - activan el LC (metilxantinas,
salbutamol, flumazenil...). La acetilcolina es activadora del LC
y el hecho de que en la enfermedad de Alzheimer esté disminuida
podría disminuir la sensibilidad de estos pacientes a los trastornos
de ansiedad. Precisamente en la regulación del funcionamiento del
LC se basa el tratamiento farmacológico de los trastornos de ansiedad,
pues las benzodiazepinas, los agonistas de los receptores 5-HT1
(buspirona), antagonistas de los receptores 5-HT2 y 5-HT3 (ondasetrón),
la imipramina, clonidina, opiáceos y beta-bloqueantes (propanolol)
son inhibidores del mismo.
El mencionado sistema de alarma
y vigilancia del cerebro (LC, amígdala, hipocampo, tálamo, cerebelo
y neocórtex prefrontal), y en especial las estructuras del circuito
límbico cerebral se han implicado en el origen de las fobias. Se
ha señalado que una mayor vulnerabilidad genética en dichas estructuras
puede estar relacionada con el inicio de dichos trastornos. Está
claro que la ansiedad experimentada ante el estímulo fóbico, el
aprendizaje que de dicha situación se hace y la ansiedad anticipatoria
son importantes en el mantenimiento de las fobias. El hecho de que
muchas personas mayores experimenten agorafobia sin crisis de angustia
puede estar relacionado con los cambios en la neurotransmisión cerebral
que suceden con la longevidad.
Aunque existen datos que sugieren
que las alteraciones en el sistema serotoninérgico son las causantes
de los síntomas obsesivo-compulsivos, la mayoría de dichos datos
provienen del hecho de que sean fármacos que incrementan las concentraciones
cerebrales de serotonina (clomipramina, fluoxetina...)los más efectivos
en el tratamiento de estos trastornos. .No se sabe qué implicación
puede tener la ya señalada disminución de la inhibición de los receptores
de serotonina 5-HT1 como consecuencia del daño en las neuronas colinérgicas
que se ha observado en pacientes con la enfermedad de Alzheimer.
4.- CONSIDERACIONES SOBRE
LA ANSIEDAD EN EL ANCIANO
Actualmente en el concepto de ansiedad
se reconoce un componente cognitivo y un componente somático. La
experiencia clínica hace pensar que las personas ancianas, a menudo,
prestan más atención a los síntomas somáticos, minimizando los aspectos
cognitivos. Dado que las personas ancianas padecen más enfermedades
médicas que las personas más jóvenes, su énfasis en los síntomas
somáticos puede originar problemas para el diagnóstico diferencial
de estos trastornos de ansiedad, especialmente en los centros de
atención primaria.
Palmer y colaboradores, ponen en
entredicho que los trastornos de ansiedad sean menos frecuentes
en los ancianos que en adultos jóvenes. Señalan que los trastornos
de ansiedad en el anciano son infradiagnosticados y destacan que
en los diferentes estudios epidemiológicos para valorar la prevalencia
de trastornos de ansiedad en el anciano se utilizan criterios basados
en el DSM-IV, los cuales han sido desarrollados para estudiar la
morbilidad psiquiátrica en adultos jóvenes, sin considerar que en
la tercera edad la presentación de los síntomas de ansiedad puede
ser atípica. De forma añadida, en el anciano hay una alta comorbilidad
con trastornos médicos y con las depresiones (entre un 30-70%).
Los ancianos suelen estar polimedicados y sufren cambios psicosociales
importantes, todo lo cual no es tenido en cuenta al utilizar los
mencionados criterios diagnósticos. Además, destacan que los clínicos
tenemos que tomar decisiones terapéuticas basadas en observaciones
clínicas no controladas o extrapolando resultados a cerca de la
eficacia de los medicamentos en personas más jóvenes (7).
5.- ANSIEDAD EN LA ENFERMEDAD
DE ALZHEIMER
Existen pocos trabajos que estudien
la relación entre los trastornos por ansiedad y la demencia, aunque
sí se conoce que en los estadios iniciales del Alzheimer los síntomas
ansiosos son más frecuentes que en la población geriátrica no demente.
En ocasiones, estos síntomas ansiosos o la agitación que acompaña
a estos primeros inicios de la enfermedad son la mayor causa de
visitas a urgencias. Es fácil que al darse cuenta de los fallos
en su memoria de fijación o en otras esferas cognitivas muchos de
estos pacientes pierdan el control y padezcan síntomas de ansiedad.
A veces, las alteraciones de conducta y el deterioro cognitivo son
muy marcados y se pasan por alto los síntomas ansiosos. El rango
de conductas ansiosas varía entre el 0 y el 50% con una media aproximada
del 32% (8).
En la mayoría de tratados sobre
el envejecimiento se presta una escasa atención a la asociación
entre ansiedad y enfermedad de Alzheimer (EA). En el DSM-IV no se
hace mención a la ansiedad o la agitación al abordar los trastornos
psiquiátricos en pacientes demenciados. Parte del problema está
relacionado con el hecho de fijarnos excesivamente en el componente
cognitivo de la ansiedad y mucho menos en el somático (componente
principal en los ancianos). El hecho de que los pacientes con la
enfermedad de Alzheimer padezcan un progresivo deterioro cognitivo
hace que muchos clínicos cuestionen el papel de la ansiedad fuera
de los primeros estadios cuando el paciente puede aún percibir los
cambios que está sufriendo.
Cohen diferencia varios tipos
de ansiedad en la EA y cree que los síntomas de ansiedad son muy
frecuentes en estos pacientes y no únicamente en los estadios
iniciales de la enfermedad (9):
- Ansiedad ante el desafío.- Los pacientes con
EA podrían presentar síntomas ansiosos al darse cuenta de su incapacidad
para realizar ciertas tareas (ej. responder una pregunta), que
en algunas ocasiones podría alcanzar grandes magnitudes ("reacción
catastrófica") y ser confundido con un estado de agitación.
En estos casos se distinguen los diversos componentes de la ansiedad:
el componente cognitivo (sensación de frustración del paciente
ante la tarea que no puede realizar), el componente conductual
(inquietud, hipercinesia) y el componente somático (taquicardia,
sudoración...).
- Ansiedad ante situaciones no familiares.- Es
frecuente que estos pacientes presenten síntomas de ansiedad ante
el cambio en su ambiente habitual: cambios de los cuidadores,
cambios del lugar de residencia...También se pueden reconocer
los tres mencionados componentes de los estados ansiosos y, en
muchas ocasiones, dicha sintomatología cede con el retorno del
paciente a su entorno cotidiano.
- Ansiedad por aislamiento o por falta de vínculos
- Ansiedad por problemas médicos o por sensibilidad
a los medicamentos...
6.- ABORDAJE TERAPÉUTICO
DE LOS TRASTORNOS DE ANSIEDAD EN EDADES TARDÍAS
El tratamiento de los trastornos
de ansiedad en el anciano y en la EA exige una valoración integral
que considere los aspectos físico, intelectual, ambiental y social
del paciente. Por la escasa colaboración que prestan los pacientes
con EA, dicha valoración tiene que ser especialmente minuciosa.
El éxito en el tratamiento comienza
con diagnóstico preciso, distinguiéndose cinco áreas en dicho campo
(10):
- Médica.-
El clínico debe descartar causas originarias o potenciadoras
de los cuadros de ansiedad (arritmias, injurias vasculares
cerebrales, excesos cafeínicos, déficit vitamínico, alts.
endocrinas o electrolíticas...)
- Psiquiátrica.-
Se debe descartar la presencia de otros trastornos psiquiátricos
(depresiones).
- Farmacológica.-
Diversos fármacos pueden provocar o exacerbar síntomas ansiosos,
como los neurolépticos (acatisia por haloperidol), antidepresivos,
anticolinérgicos, broncodilatadores, corticoides, digital...
- Síndrome Ansioso Específico.-
Distinguir si los síntomas corresponden a una crisis de
angustia, a una fobia, a un trastorno obsesivo-compulsivo.
- Cambios familiares o ambientales en
el entorno del paciente.
Una vez realizado el examen diagnóstico
el clínico debe tratar las causas primarias de dicha ansiedad (cambios
ambientales, tratar una enfermedad médica, revisión de la medicación...).
Sin duda, tratar los síntomas de ansiedad sin tratar la causa primaria
de la misma puede conducir a resistencias al tratamiento y a una
prolongación del sufrimiento del paciente.
En ocasiones se infrautilizan ciertas
intervenciones no farmacológicas que pueden ser de utilidad para
el paciente: evitar el aislamiento, apoyo y tranquilización verbal,
técnicas de relajación, aspectos conductuales, fomentar su participación
en decisiones y actividades.... En casos de que la ansiedad sea
importante o persistente el tratamiento farmacológico está indicado
o cuando existen antecedentes de buena respuesta a un medicamento.
El tratamiento farmacológico debe
realizarse con precaución dado que el anciano presenta cambios físicos
que afectan la farmacocinética del medicamento (descenso del volumen
de agua corporal, incremento de la grasa, menor filtrado glomerular,
descenso del metabolismo hepático...) y cambios farmacodinámicos
(menor número y mayor sensibilidad de los receptores). Además, dado
que estos pacientes con frecuencia tienen prescritos varios medicamentos,
no es extraño que interaccionen unos con otros. Por otro lado, el
cumplimiento terapéutico es menor en esta población que en adultos
jóvenes. En muchas ocasiones, las respuestas que se obtienen en
los ancianos son parciales y si es posible se debería educar al
paciente al respecto. Como regla general, la dosis de medicación
se debe mantener al mínimo posible y suele ser útil comenzar con
un cuarto de la dosis de un adulto joven.
Las benzodiazepinas continúan siendo
los ansiolíticos más utilizados en los ancianos (no demenciados)
(10). Se aconseja el uso de benzodiazepinas de vida media corta
que únicamente se metabolizan a nivel hepático por glucuronización
(oxacepam y loracepam), en lugar de aquellas que se metabolizan
por oxidación (diazepam, cloracepato dipotásico...). El alprazolam,
aunque útil en las crisis de angustia, puede provocar rebotes de
ansiedad y habituación por lo que no es generalmente recomendado
en los ancianos. Las benzodiazepinas de vida media ultra-corta (triazolam)
puede provocar un mayor deterioro cognitivo, disfunción cerebelosa
(ataxia, disartria, incoordinación, marcha alterada con caídas),
amnesia, confusión, agitación, desinhibición. En los casos en los
que la ansiedad es secundaria a un trastorno depresivo u otra patología
psiquiátrica (trastorno obsesivo-compulsivo), se aconseja realizar
un tratamiento específico, generalmente por su perfil de seguridad
se prefieren los fármacos inhibidores de la recaptación de serotonina
como la fluoxetina o paroxetina (20 mg/d). Se ha señalado que la
buspirona puede ser un ansiolítico útil, al igual que los beta-bloqueantes
(propanolol), aunque el papel de estos últimos en el tratamiento
de la ansiedad del anciano no está claro y son fármacos que tienen
diversas contraindicaciones (diabetes, asma...).
En los pacientes demenciados con
frecuencia son útiles dosis bajas de neurolépticos (1-3 mg/d de
risperidona o 1-2 mg/d de haloperidol o 15-25 mg/d de tioridacina)
en el tratamiento de cuadros de ansiedad o agitación (11). A veces,
es útil añadir dosis bajas de una benzodiazepina de vida media corta
(10-20 mg de oxacepam o 1-2 mg/d de lorazepam). Existen escasos
estudios que comparen la eficacia ansiolítica de las benzodiazepinas
con neurolépticos en pacientes demenciados; sin embargo, en algunos
estudios como el de Salzman no han mostrado una eficacia superior
(12,13).
Tanto en ancianos como en pacientes
demenciados es aconsejable evitar los fármacos antihistamínicos
tanto por sus efectos sedantes como porque poseen actividad anticolinérgica
(10).
En general, la terapia en el anciano
-y especialmente en el paciente demenciado- tiene que ser individualizada,
evitando fármacos de vida media larga, arritmógenos o con efectos
anticolinérgicos y valorando las interacciones. A veces, es prudente
saber esperar y, sobre todo, no polimedicar.
7.- BIBLIOGRAFÍA
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